ABOUT THIS EPISODE
Cada persona tiene su propia manera de lavar la ropa.
Hay quienes separan la ropa blanca de la ropa oscura.
Otros revisan cuidadosamente la etiqueta de cada prenda para saber si debe lavarse con agua fría, tibia o caliente, y qué temperatura puede soportar al secarse.
En muchos países, como en gran parte de Europa, hay lavadoras, pero no secadoras, así que la ropa se tiende al aire libre.
Algunas personas sacan la ropa de la secadora cuando aún está caliente para no tener que plancharla.
Otras la dejan allí y van sacando cada día lo que necesitan.
Hay muchas maneras de lavar la ropa, y cada quien tiene un sistema que le funciona.
Pero hace poco varias cosas llamaron mi atención.
Primero, tratamos cada prenda según sus necesidades.
Entendemos que no todas requieren el mismo trato.
Segundo, protegemos la ropa para evitar dañarla.
No exponemos las telas delicadas a un calor que no puedan resistir.
Sabemos que cada material tiene sus propios límites.
Tercero, cuando termina el lavado, el cuidado no termina.
Doblamos la ropa, la colgamos, la planchamos o la guardamos con cuidado porque queremos que dure.
Hacemos todo eso por ropa sucia.
Por ropa sudada.
Por ropa manchada.
Entonces, aquí va mi pregunta:
¿Por qué no nos cuidamos con esa misma intención?
¿Por qué no prestamos más atención a nuestras propias necesidades?
¿Por qué no pensamos en el calor emocional al que nos exponemos?
¿Por qué no tomamos el tiempo necesario para recuperarnos después de temporadas de limpieza, de cambios, o de crecimiento?
Cada uno vive la vida a su manera.
Pero cuidarse no es un lujo, es una responsabilidad.
Así que hoy solo quiero invitarte a hacer una pausa, a mirarte con el mismo cuidado con el que cuidas tu ropa y a preguntarte:
¿Qué necesito hoy?
Es solo eso, una sugerencia.