SELLEST OSAST
No todo mensaje que nos agrada necesariamente viene de Dios.
Y no todo mensaje que nos confronta significa que Dios dejó de amarnos.
En esta segunda parte de Los mensajeros de Dios, en La Red, profundizamos en una responsabilidad que corresponde tanto a quien habla como a quien escucha:
Todo debe ser examinado a la luz de la Palabra.
Dios puede utilizar un mensaje para edificarnos y bendecirnos, pero también para corregirnos, amonestarnos y llevarnos al arrepentimiento.
Por eso necesitamos tener cuidado con una fe que solamente quiere escuchar aquello que resulta cómodo.
El mensaje del evangelio no consiste únicamente en decirnos que todo estará bien. También nos confronta, nos corrige y nos llama a abandonar aquello que no corresponde con la voluntad de Dios.
Necesitamos toda la Palabra, no solamente las partes que nos gustan.
Las pastoras también nos recuerdan que el enemigo es un imitador.
Puede presentarnos ideas aparentemente espirituales, utilizar palabras que suenan correctas e incluso ofrecernos exactamente aquello que queremos escuchar.
¿Cómo discernir entonces?
Conociendo profundamente la verdad.
Un creyente que estudia las Escrituras, permanece en ellas y desarrolla una relación constante con Dios tiene mejores fundamentos para reconocer cuando algo pretende desviarlo.
Por eso no podemos delegar completamente nuestro discernimiento.
No basta con escuchar al predicador. También necesitamos abrir nuestra Biblia.
Otro punto fundamental es aprender a mirar más allá de las apariencias.
La ropa, el dinero, la posición o aquello que alguien posee no determinan por sí mismos si esa persona es un verdadero mensajero de Dios.
Jesús nos enseñó a mirar los frutos.
Porque finalmente el mensaje también necesita encontrarse con el testimonio.
Podemos hablar correctamente acerca de Dios, conocer muchos versículos e incluso enseñar a otros, pero si nuestra manera de vivir contradice constantemente aquello que predicamos, nuestras palabras pierden credibilidad y podemos convertirnos en tropiezo.
El mensajero también forma parte del mensaje.
Y aquí encontramos una verdad que nos involucra a todos:
Ser mensajero de Dios no es responsabilidad exclusiva del pastor, predicador o maestro.
Cada creyente lleva un mensaje.
Lo llevamos en nuestra casa.
En nuestro trabajo.
En nuestras decisiones.
En nuestra manera de hablar.
En cómo tratamos a los demás.
En la forma en que reaccionamos cuando nadie está observando.
Quizá nunca tendremos un púlpito, pero nuestra vida continúa comunicando algo acerca del Cristo que decimos seguir.
Entonces la pregunta ya no es solamente:
“¿Estoy escuchando a los mensajeros correctos?”
También necesitamos preguntarnos:
“¿Qué mensaje está transmitiendo mi propia vida?”
Conoce la Palabra. Examina lo que escuchas. Discierne las voces. Permanece firme. Y permite que tu testimonio confirme aquello que tus labios dicen creer.
Porque no basta con llevar el mensaje de Cristo; necesitamos procurar vivir de una manera que también apunte hacia Él.
Acompáñanos en Los mensajeros de Dios – Parte 2, un nuevo episodio de La Red, por Convergente Radio.
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